...Y el viejo samurai ya obsoleto de toda causa, duda y objeto, atento solamente a las crecidas del mar, a las venturas de los árboles; iba caminando mirando el horizonte y decía casi en susurros:
—El destino es una prisión en la que existen variantes, sí, pero jamás se escapa de ella porque cada cual tiene su espacio dentro de esa celda que tanto se parece a la libertad.
Los lobos marinos se dejaban caer sobre la arena, firmes, opacos. Una gaviota con su andar patoso, llegaba a un tronco caído muy cerca de una duna y se quedaba ahí.
—El esperar al tiempo, es la tregua que da el alma para reconocerse y seguir andando. No es más que eso, sólo eso, y nada más —dijo, miró el sol asomarse sobre las olas furiosas y prosiguió—: Dios latente que vive en todas las cosas y en todos lados está, sin saber cada uno, que está en todos lados porque lo llevamos dentro y cuando viajamos lo esparcimos, como esparce el viento el anuncio de la primavera venidera; dime Dios ¿Qué ganaré retando a mis días que ya se han ido? ¿Qué ganaré retando a mis días que aún no han llegado? Pues es tal vez que si reto a mis días que ya no existen, yo tampoco existiré en este momento; y si reto a los días que aún no han llegado tampoco existiré en este momento ¿Y qué es este momento Dios de todas las cosas; sino, yo mismo?
Miró un bote rolando muy cerca de la bahía. Los pescadores ya preparaban sus sedales y los barcos de mayor porte ya elevaban sus anclas para adentrarse a las aguas.
—Seré nada. Seré como una palabra que es hablada y luego olvidada si no me transformo en este momento; y así, solamente así, me volveré tiempo y jamás, jamás volveré a perseguir mis otoños y veranos —Dijo. Una sonrisa se dibujo en su rostro—. Dejaré de vagar entre la niebla y trataré de asir las nubes con mis dedos y a la luna con mi corazón; beberé de la inocencia que deja lo visto mil veces multiplicado por un millón y daré rienda suelta a la imaginación para entablar una nueva relación entre mi mundo y el mundo en el que siempre he tratado de vivir.
—Dejaré en tus manos lo que veo y dejaré en mis manos lo que no veo. Me dejaré caer en las tinieblas de lo que es, y saldré renovado como sale renovado el hombre luego de probar su valía, como sale renovada la mujer luego de dar vida. Será una caída primordial y me transformará; porque de no caer, no sabré como volverme tiempo; no sabré como volver a percibir mis días con la magia que trae cada amanecer.
El viejo samurai siguió caminando tranquilamente.
Sus sandalias se hundían levemente en la arena; aspiro un poco de aire que le traía salitre del mar. Miró al sol elevarse un poco más y lloró por ese espectáculo grandioso que le era entregado directamente a su alma. Fue que descubrió por vez primera la alegría de la vejez y la pasión de no perder el asombro más allá de tantos años vividos.
Se sintió rico, se sintió pleno; y, lentamente tomó el momento entre sus manos y la valoró como algo irrepetible.
Dijo algo en voz baja. Rió emocionado y dio gracias por ese espectáculo grandioso.
Cuando ese instante pasó, él también pasó; y lentamente, desapareció con el viento hacia el mar.
Sus huellas quedaron truncas muy cerca de algunas estrellas de mar. Dicen que se ahogó; dicen que subió a una barcaza y desapareció para siempre.
Yo digo que solamente partió a buscar un momento intenso, donde siempre pudiera asombrase y dejarse llevar por los milagros que se encuentra en lo simple y efímero.
