14/1/11

BOLSILLOS VACÍOS


Autor: © Jesús Alejandro Godoy


La perdición duerme pacientemente bajo mi piel, mientras que la esperanza se baja de mis hombros de vez en cuando a mirar el paisaje.
No sé adonde voy; sin embargo, sé que un día todo terminará… ¿no es así?

Dicen que la pureza y la bondad vencen todo lo que obstruye nuestro camino, pero aprendí que para reconocer la pureza primero hay que probar el veneno de lo impuro, lo falso, y lo doblemente abominable; y para que tal vez una madrugada la bondad se adueñe de nosotros; aprendí, que primero hay que bailar con la maldad y respirar su hedor putrefacto.

Y los viejos murmuran: “¿No es el alma víctima de sí misma, cuando se ve menguada ante esos sentimientos que la someten y la tientan…? ¿O simplemente son pequeñas decisiones encadenadas las que construyen la imagen de lo divino?”

Camino en silencio por la vida, con las manos dentro de mis bolsillos vacíos, y nada tengo y nada hago. Solamente dueño del cielo soy.

Y respiro y duermo sin más cosas que hacer, que contar las estrellas, y descubrir formas extrañas en las nubes.

Llego al final de un bosque, desde donde se ve el mar. Me siento a horcajadas. Quedo absorto y boquiabierto mirando el horizonte, y algunas gaviotas, que vuelan cerca de los mástiles de esos barcos camaroneros.

Con mi cabeza gacha vuelvo a recordar que nada poseo y una gran alegría me invade.

¿Quién limita mis sueños? ¿Quién limita mis esperanzas?

Palpo la tierra, la huelo. Pienso que no hay mejor aroma que la tierra con el césped fresco luego de la lluvia.

Me incorporo y el viento me despeina suavemente.

Camino mirando el mar. Me adentro en el bosque y llego a un claro; lo camino mil veces alrededor. Cuando elevo los ojos, veo que a lo lejos se aprecia el faro.

Y los viejos confirman: “¿No son los miedos a todo lo nuevo, los puentes hacia la conquista de todo aquello que se llama éxito? ¿Por qué no recorrimos esos puentes, por qué no caminamos sobre todo lo que temíamos…? ¡Ahora lo sabemos y ya es tarde para lamentarse, porque habíamos tenido la fortaleza para hacer todo lo que deseábamos; y sin embargo, nos quedamos en nuestros pequeños laureles que ya se marchitaron!”

Trato de imaginar todo lo que puedo llegar a hacer con mis manos, mis pies, mis palabras, mis datos, mis ciencias, y mi alma. Pero no me pierdo en sueños y empiezo a trabajar día y noche bajo el cielo, bajo las estrellas, bajo el sol; bajo mis ignorantes condicionamientos, que a veces, me tientan a abandonarlo todo…

Cuando el otoño asoma, mi casa ya se levanta ante mis ojos. No lo puedo creer.

Y mil veces me pregunto: “¿Yo he hecho esto? ¿Yo he hecho esto?”

Miro mis manos, aplaudo mi tiempo, y doy gracias a Dios, por otorgarme las fuerzas para concluir éste sueño.

Entro a mi casa y la miro. Sonrío y luego la pinto y le compro muebles.

Un día me alejo, y me voy caminando en silencio con las manos dentro de mis bolsillos vacíos. Miro hacia atrás y miro mi casa nueva; sé que nada tengo, porque mi casa no soy yo, sino una efímera señal de que he estado en éste sitio.

El cielo me arropa y cuento las nubes que pasan. Camino hasta la costa y veo las olas que viajan sobre la marea.

Y los viejos gritan: “¡¿A quienes responsabilizaremos por nuestras malas decisiones, a quienes odiaremos por nuestras aspiraciones truncas?! ¡Si solamente nosotros nos sometimos, a los sentimientos que más se acomodaron a nuestros corazones! ¡Ayy Dios mío, ayy Dios santo! ¡Si fuimos reyes y nunca vimos las coronas en nuestras cabezas!”

Vuelvo al bosque, me encamino a mi casa. Me pregunto qué es la vida y donde se encuentra. Y entonces decido conquistarme, y vencer a mi sombra hasta en sueños. Me instruyo, me dedico, estudio, investigo, me reto, me amo, me doy tiempo, me corrijo, aprendo y la humildad me lleva de su mano, me conozco y conozco a Dios. Nadie me apresa, nada obstruye mis caminos, y nadie toma las decisiones por mí. A nadie culpo, a nadie señalo, porque soy yo el que camina en silencio bajo el cielo, con mis manos dentro de mis bolsillos vacíos.

Dejo mi casa y me voy a otro lugar.

Vuelo cada vez más lejos y a nadie hago mal, porque no necesito hacer mal para reconocerme.

Llego lejos hacia donde quiera dirigirme. Soy libre, soy yo, soy eterno, soy luz, y sé que cuando todo termine, a nadie reprocharé, a nadie señalaré, porque siempre caminaré mis caminos en silencio.

Y los viejos vociferan: “¡Naceremos una vez más, naceremos una vez más! Por que supimos que no hay ignorancia tan enorme, como el creerse tan magnánimo y genial, como para mirar desde lo alto… ¡Nosotros construimos castillos, nosotros movimos montañas, nosotros amasamos fortunas, nosotros nos bañamos en oro! Pero… pero nada tuvimos, nada logramos; por que siempre hemos caminado bajo el cielo, dejando memorias vacías y casas repletas de extraños; y nos fuimos en silencio con nuestras manos, dentro de nuestros bolsillos vacíos…”

Pensando en esto, llego a la base de una montaña. Me detengo, miro mis manos y miro el cielo, sé que la lluvia pronto llegará.

Sonrío porque desde ahí se ve un pequeño pueblo, y pienso… “es un buen lugar para construir una casa”